Por fin está pasando. Muchos habitantes del DF están comenzando a utilizar la bicicleta como medio de transporte para distancias cortas y medianas. Yo mismo me he integrado a ese naciente grupo. No hace tanto (¡qué son dos años!) me hice de una bici, con el firme propósito de cubrir algunos de mis desplazamientos a punta de pedalazos. A la fecha lo he cumplido parcialmente, en parte porque soy bastante flojo y en parte porque, de veras, se trata de una actividad de alto riesgo, casi suicida.
La gente no está preparada para el transporte no contaminante de dos ruedas. Casi nadie se espera que un héroe del manubrio cruce la calle aunque tenga el siga, aunque vaya por la ciclopista, aunque chifle, aunque grite, aunque tenga derecho. Desde luego, los microbuses y taxis son el principal peligro, pero los peatones no se quedan atrás. Incluso, puedo afirmar que la mayoría de las veces que he estado a punto de morder el asfalto ha sido a causa de un peatón que, una de dos: se baja de la banqueta sin voltear hacia atrás o se baja de un camión con un brinco confiado, justo cuando el pedalero está a un metro de distancia.
Por supuesto, uno va agarrando callo y aprende a ver más allá de lo evidente. Para mí, por ejemplo, ya es normal mirar a través de las ventanas de los autos (incluso de las que llevan una mica polarizada) o leer la mente de los peatones, para adelantarme a sus movimientos. Si veo que una señora, niño intranquilo de la mano, se enfila hacia la izquierda, coloco suavemente mis dedos índice y medio sobre los frenos. Si detecto que su velocidad es irregular debido a que el niño viene remilgando, me levanto del asiento para adoptar una postura más aerodinámica. Si todo parece indicar que la señora está por echárseme encima con todo y niño, Y QUE NO ME HA VISTO, en contra de todas las expectativas acelero y giro el volante entre 25 y 30 grados a la izquierda, porque SÉ que ella se va a quedar a medio camino para aplicar un zarandeo correctivo a su hijo y que si freno o sigo de frente el impacto será inminente y atroz. Enseguida, una vez librado el obstáculo, compenso la angulación en dirección opuesta, trazando con ello una estética S. En fin, que estoy convencido de que es posible andar en bicicleta sin morir intentándolo.
Además, hojeando la revista Día Siete del periódico El Universal, me encontré con algunos consejos bastante útiles para todos los que quieran entrarle al mundo de los que no contaminamos (tanto). Comparto con ustedes algunos de ellos.
- El sábado y el domingo son los mejores días para trazar tu ruta alterna. Memoriza los baches, las grietas y los obstáculos. Cuidado con los charcos, pueden esconder hoyos.
- Obedece las señales de tránsito. Un ciclista debe seguir las señales como cualquier otro vehículo.
- Circula en el mismo sentido que el tráfico; hacer lo opuesto aumenta los riesgos.
- Recuerda que un ciclista es pequeño y no hace ruido, por lo que es fácil que los automovilistas lo pierdan de vista.
- En las glorietas, lo mejor es comportarse como cualquier otro vehículo; si te orillas, los automovilistas impedirán que continúes tu camino.
- Pon especial atención en los cruces, ya que muchos conductores no señalizan o lo hacen de último momento. Observa las llantas delanteras de los automóviles para adelantarte a su maniobra.
- Un peatón con la mano en alto te indica que un vehículo está a punto de darte un cerrón.
- Trata de no usar las banquetas, si lo haces, rueda a la velocidad del peatón o bájate de la bici y camina.