Lo que se vería mejor estando lejos

martes, 4 de agosto de 2009

Consejos para bicicleteros no suicidas

Por fin está pasando. Muchos habitantes del DF están comenzando a utilizar la bicicleta como medio de transporte para distancias cortas y medianas. Yo mismo me he integrado a ese naciente grupo. No hace tanto (¡qué son dos años!) me hice de una bici, con el firme propósito de cubrir algunos de mis desplazamientos a punta de pedalazos. A la fecha lo he cumplido parcialmente, en parte porque soy bastante flojo y en parte porque, de veras, se trata de una actividad de alto riesgo, casi suicida.

La gente no está preparada para el transporte no contaminante de dos ruedas. Casi nadie se espera que un héroe del manubrio cruce la calle aunque tenga el siga, aunque vaya por la ciclopista, aunque chifle, aunque grite, aunque tenga derecho. Desde luego, los microbuses y taxis son el principal peligro, pero los peatones no se quedan atrás. Incluso, puedo afirmar que la mayoría de las veces que he estado a punto de morder el asfalto ha sido a causa de un peatón que, una de dos: se baja de la banqueta sin voltear hacia atrás o se baja de un camión con un brinco confiado, justo cuando el pedalero está a un metro de distancia.

Por supuesto, uno va agarrando callo y aprende a ver más allá de lo evidente. Para mí, por ejemplo, ya es normal mirar a través de las ventanas de los autos (incluso de las que llevan una mica polarizada) o leer la mente de los peatones, para adelantarme a sus movimientos. Si veo que una señora, niño intranquilo de la mano, se enfila hacia la izquierda, coloco suavemente mis dedos índice y medio sobre los frenos. Si detecto que su velocidad es irregular debido a que el niño viene remilgando, me levanto del asiento para adoptar una postura más aerodinámica. Si todo parece indicar que la señora está por echárseme encima con todo y niño, Y QUE NO ME HA VISTO, en contra de todas las expectativas acelero y giro el volante entre 25 y 30 grados a la izquierda, porque SÉ que ella se va a quedar a medio camino para aplicar un zarandeo correctivo a su hijo y que si freno o sigo de frente el impacto será inminente y atroz. Enseguida, una vez librado el obstáculo, compenso la angulación en dirección opuesta, trazando con ello una estética S. En fin, que estoy convencido de que es posible andar en bicicleta sin morir intentándolo.

Además, hojeando la revista Día Siete del periódico El Universal, me encontré con algunos consejos bastante útiles para todos los que quieran entrarle al mundo de los que no contaminamos (tanto). Comparto con ustedes algunos de ellos.

  • El sábado y el domingo son los mejores días para trazar tu ruta alterna. Memoriza los baches, las grietas y los obstáculos. Cuidado con los charcos, pueden esconder hoyos.
  • Obedece las señales de tránsito. Un ciclista debe seguir las señales como cualquier otro vehículo.
  • Circula en el mismo sentido que el tráfico; hacer lo opuesto aumenta los riesgos.
  • Recuerda que un ciclista es pequeño y no hace ruido, por lo que es fácil que los automovilistas lo pierdan de vista.
  • En las glorietas, lo mejor es comportarse como cualquier otro vehículo; si te orillas, los automovilistas impedirán que continúes tu camino.
  • Pon especial atención en los cruces, ya que muchos conductores no señalizan o lo hacen de último momento. Observa las llantas delanteras de los automóviles para adelantarte a su maniobra.
  • Un peatón con la mano en alto te indica que un vehículo está a punto de darte un cerrón.
  • Trata de no usar las banquetas, si lo haces, rueda a la velocidad del peatón o bájate de la bici y camina.

La vida y los viajes

Antes de empezar, quiero decir que me considero melancólico de toda la vida. Esto no se ha ido acentuando con la edad, ni me parece malo. Simplemente, como dicen que dicen los budistas, es.

Una vez manifestado lo anterior, comienzo.

¿Existe alguien a quien no le guste viajar? Personalmente, cerrar ventanas, poner un vaso con agua en la puerta (costumbre de mi madre que sigo sin cuestionamientos), cerrar las llaves del gas y del agua, y abandonar mi casa temporalmente es algo que disfruto muchísimo. Hace tiempo, cuando era un joven de 23 años, pensé que mi vida podía seguir la ruta de los que caminan el mundo, mochila al hombro, quedándose donde pueden y trabajando en lo que sea, con el único objetivo de llegar al siguiente punto. Me imaginaba volviendo a casa flaco, con la cara cambiada y con una maleta llena de recuerdos, o quedarme por ahí, donde fuera, viviendo la aventura día tras día. Llamar a mi madre y que me preguntara ahora dónde estás y decir, cada vez, que en un lugar distinto. Ese era mi sueño.

Pero nada de eso pasó. Mi viaje más largo duró apenas tres meses y hace más de dos años que no salgo. En vez bajar subí de peso y mi cara ha cambiado, pero no tanto como yo quería o no del modo que yo quería. Sí he realizado salidas cortas por cuestiones laborales, pero esas no cuentan porque no me saben igual. Con todo, siento que los viajes han sido parte de mi vida y que mi vida es lo que es, en parte, gracias a ellos.

Recientemente me encontré con estas palabras de José Ortega y Gasset, en un libro que se llama El Espectador. Las negritas son mías:

La vida es un viaje, decían los ascetas (…) ¿Por qué decían esto? ¿Por qué elegían ese trozo de la vida –un viaje- como metáfora sustancial de la vida entera?
Cuando viajamos se eleva a su última potencia el carácter de fugacidad que es propio a nuestra relación con las cosas. Rodamos sobre ellas y ellas sobre nosotros: sólo nos tocan en un punto, en un instante de nuestra persona, de modo que por blandas, suaves y redondas que sean, su contacto con nosotros tiene siempre algo de punzada, de pinchazo doloroso. Al tiempo que decimos "ya vienen, ya vienen" a este pasaje, a esta amistad, a este acontecimiento, tenemos que ir preparando los labios para decir "ya se van, ya se van". Torres Quevedo debiera inventar un ancla para anclar los minutos. Porque es una pena esta manía de huir que las cosas tienen.

Podría pensarse que las cosas son por esto despreciables, a lo que Ortega y Gasset responde:

¡Hombre no! Despreciables, no; todo lo contrario. Precisamente porque son cosas maravillosas su huida apresurada nos deja en el corazón cicatrices. Si las cosas todas fueran dolores de muelas, la fugacidad de la vida sería su mayor mérito.

De veras es curioso cómo los momentos más felices son los que más duelen cuando se los evoca. Al menos así me pasa a mí. Ya ven, como dije antes de empezar, que soy melancólico de toda la vida, lo cual no es ni bueno ni malo, simplemente es.


Les dejo un video que me puso a pensar en esto. La música no me encanta, pero cumple su propósito.



The Longest Way 1.0 - one year walk/beard grow time lapse from Christoph Rehage on Vimeo.